Para tener alguna conciencia de cómo podemos agredir a los demás y cómo nos agredimos a nosotros mismos, necesitamos estar dispuestos a ver los mecanismos de ataque en donde todo comienza: la agresión mental. Se manifestará en cierto tipo de pensamientos y sus correspondientes emociones consecuentes. Ambos verifican los programas de ataque que están ocultos en nuestras creencias, nuestra manera de ver el mundo y nuestro concepto de “yo”.

La verdad no necesita ser defendida.

Muy relacionado con la creencia de tener que defender la verdad atacando a otro, está la idea de utilizar la culpabilización como herramienta didáctica. ¡Para que aprenda! ¡Lo hago por tu bien! En realidad el ataque pretende dañar, no pretende en absoluto que el otro aprenda nada, ya que sin duda, ese no es el modo de enseñar nada a nadie. La acción que surge de este pensamiento pretende aliviar la ira, proyectar la culpa y quedar por encima, es decir, establecer el poder sobre otro. Lecciones de separación y conflicto, en definitiva.
En otros casos, una persona puede hacerte sentir ofendido solo con su presencia. La defensa propia también puede saltar para justificar tu ataque. Solemos decir que esa persona tiene mala energía. Pero este planteamiento ha cometido el primer error de quien realmente se dedica a trabajar el perdón. Se ha colocado al problema fuera de tu mente. El mal que percibes en el otro ha surgido en tu propia mente y precisamente de su manera de percibir al otro.
Tú tienes el poder de cambiar tu percepción de él en lugar de derrochar energía juzgando.
Muy habitualmente, es nuestro estilo de vida el que se ve amenazado por alguna causa percibida en el exterior, y la defensa propia se fusiona con el profundo miedo al cambio que suele paralizarnos cuando se tambalea nuestro marco de comodidad.
En este mismo contexto, es muy habitual que ataquemos “en defensa de mi imagen”. Defender la propia imagen a veces se refiere al prestigio o al honor como si todo eso fuera la parte esencial de tu identidad, la máxima verdad que te sustenta. Te puedes imaginar cómo salta esta “defensa propia” en estos casos, como si fuera un resorte. Bajo este modelo de pensamiento, toda tu seguridad, comodidad y estilo de vida está orquestado en el modo en que te ven los demás. Si eso fracasa, tu trabajo, tu poder, tu aparente identidad se podría venir abajo. En definitiva, cualquiera que sea la imagen que uno quiere preservar ante los demás, muchos de los ataques mentales a los que recurrimos pretenden defender tu personaje. Incluso en ocasiones, se defiende un personaje débil, victimista o enfermizo, ya que se cree necesitar esa consideración por parte de los demás.

Compasión

Compasión no es lástima. Cuando alguien te da pena, lo sitúas por debajo de ti y en realidad, lo separas de ti. Compasión no es simpatía. Puedes sentir compasión por alguien y no estar de acuerdo con su manera de ver el mundo. Compasión no es sentir lo mismo que siente el otro. Si eso fuera compasión, dos personas enfadadas estarían en actitud compasiva.

La compasión tiene dos niveles, uno humano y otro espiritual. Al nivel humano sí se emplea la empatía, que significa que percibes con absoluta claridad lo que el otro siente. Por supuesto, cualquiera podría decir que es imposible que dos personas sientan lo mismo al tener mentalidades y experiencias completamente distintas. Sin embargo, cuando una persona es lo suficientemente madura y autoconsciente como para haber desarrollado la empatía verdadera, sabe que los sentimientos humanos son muy básicos y siempre los mismos sin importar edad, género, raza, ideología o generación. Y a este nivel puede conectar con la otra persona.
Si, ¡somos humanos!
Muchas veces no será nada fácil ver la esencia del otro tras sus convincentes disfraces que hacen saltar por los aires nuestro equilibrio emocional y disparan automáticamente nuestro juicio más duro. ¿No resulta extraño que nuestra mente esté tan entrenada en mil maneras en hacernos daño? Pero bajo todos esos programas, nuestra esencia reclama que regresemos al conocimiento de la verdad. Entonces, desde la verdad, podremos ver los programas de sufrimiento con tanta facilidad que dejaremos de creerlos, y por tanto, los desconectaremos. ¡Programa desinstalado satisfactoriamente! ¡Qué gran liberación!
Muchas de las veces no somos capaces de ver la paz y el amor profundos en el otro hasta que nos centramos y vemos la paz y el amor profundo en nosotros mismos. Si has podido descubrir un ataque mental en tu vida, ya sea emitido o recibido, recuerda que dispones del don de la compasión. Es una parte profunda y esencial de tu mente. Cuando puedas, desplaza por un momento tu atención de los programas de dolor y dedica unos minutos de silencio a encontrar esta parte de ti, tu verdadera identidad, y desde aquí, vuelve a mirar lo que pasó.
Un trabajo irremediablemente unido al perdón profundo consiste en ejercitar la conciencia de lo que eres realmente, la conciencia esencial. La experiencia de saber lo que somos nos llevará a ver de otro modo, a nosotros mismos y a todo lo que percibimos. Es el salto a la conciencia espiritual.
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