Algunas de ustedes saben o han vivido nuestra rutina de los domingos y para las que no se las cuento, todo inicia entre 6 o 7am, sí loquísimo, pero es la hora ideal porque no tendrás problemas de calor o de encontrar muchos autos en la calle y con la primera pregunta ¿vale la pena? En fin te levantas, te combinas hasta con la banda del cabello pero eso si llegas a correr con una cara de zombie que a veces hace que ni el de la combi te eche un piropo, pasan a tu lado uno que otro pobre lampareado y no precisamente por venir a correr sino porque van saliendo del bar.

Y qué pasa cuando llegamos a una carrera, pues de igual forma llegan esas caras de zombies pero ahora nerviosos, porque piensas en que quieres hacer el mejor tiempo, en qué va a pasar con la lesión que traes, ¿te dolerá? Escuchas oraciones, porras y uno que otro chiste.

Al iniciar esos primeros 1,000 metros te sientes súper veloz porque realmente son fáciles, empezamos a esquivar gente y marchar como unos locos pingüinitos, a partir del Km 2 cada uno encuentra su ritmo y el pelotón se dispersa.

Durante los próximos 50 minutos, vas a sentirte bien, mal y regular. Con aire y con piernas o al revés sin ninguno de los dos. En cada fase, sabes que la cabeza será fundamental para alivianar las pequeñas traiciones del cuerpo, o ponerlas en primer plano.
La marcha se hace constante, en cierto momento te encuentras en una especie de nada, en un estado irracional que solo pide poner un pie delante del otro. Correr es todo lo que hay, no hay pensamientos e incluso a no pones atención a lo que hay adelante o al lado tuyo, te sientes raro, la sonrisa se te apaga y empieza uno que otro dolor, pero cuando las neuronas vuelven a oxigenarse, ya imaginas el final.

Hay algo maravilloso que pasa en la última recta, con los bajos de nuevo al palo y el cruce triunfal ante la mirada de los otros. El cuerpo no está seguro, pero la cabeza te dice que sí, que otra vez valió la pena.

Para algunos no suena tan alentador pero veamos si cambias de opinión cuando te cuente qué pasa con las demás partes de tu cuerpo:

El corazón

Lo primero que le pasa al cuerpo que corre es el aumento de la frecuencia cardíaca. Si en reposo es de 70 latidos por minuto, en competencia puede alcanzar los 150 a los dos minutos. El deportista entrenado mantendrá ese ritmo durante toda la carrera y el de un elite tiene menos pulsaciones. Este aumento de latidos te ayuda a bombear tu sangre y oxigenar tus células, claro sólo es importante cuidar que no llegues a zonas de riesgo que puede llevarte a un desmayo si bien nos va.

La sangre

Cuando estamos quietos, la sangre se estanca. Cuando corremos, las células de todo el cuerpo demandan más oxígeno y el flujo empieza a recircular. El corazón impulsa la sangre ralentizada y la hace fluir en mecanismos nerviosos que la llevan del tubo digestivo a los músculos de las extremidades y al cerebro, por lo que el entrenamiento constante te ayuda a bajar la presión arterial y mejora los índices de colesterol y triglicéridos.

 

Los músculos

Mientras quemas grasas y pasas kilómetros, los muslos, pantorrillas, cuádriceps e isquiotibiales se fortalecen. Una carrera a buen ritmo, fortalece abdominales, cintura, brazos y un músculo desconocido pero importante: el psoas, inserto entre la pelvis y la columna vertebral. Eso sí, aunque ganáramos un maratón, la masa muscular se va a quedar como está. No hay cambios fisiológicos ni anatómicos al menos que alternes con pesas. Correr te ayuda a tener un músculo más magro y que si lo intercalas con pesas o físicos sencillos puede ayudarte a definir o incluso incrementar la masa.

La respiración

Cuando el corredor entra en ritmo, elimina cada vez más dióxido de carbono y alerta sobre un mayor requerimiento de oxígeno. Así se intensifica el estímulo a los centros respiratorios cerebrales, por tanto los pulmones se vuelven protagonistas, “despertando” y ventilando un 40% más de alvéolos.

La cabeza

El aumento del flujo sanguíneo en el cerebro coloca al sistema motor en condiciones de alerta. Liberaras las ya famosas endorfinas, sustancias euforizantes y placenteras, parecidas a la morfina. Por lo que correr resulta ser un buen remedio si estás deprimida, enojada o preocupada, ya verás que te sentirás mejor y más fuerte. Y trata de no presionarte, disfruta tu carrera, por corta o larga que sea. Al final recuerda que estas endorfinas y la cabeza positiva serán tu medio principal para alcanzar tu meta.
Con estos sencillos beneficios de correr, yo contestaría con un SI a la pregunta que titula el artículo, aunque no es fácil cambiar hábitos e incluso romper paradigmas, todos podemos salir de nuestra zona de confort y más cuando los beneficios de hacerlo son tan claros.

Podrías imaginarte tan sólo por un minuto cómo cambiaría tu vida si te animarás a realizar algún deporte, atreverte a correr riesgos, yo creo que sería muy diferente, un paso sencillo pero diferente, no sólo te hará crecer sino también a la gente que te rodea.

tania@mujeresimportantisimas.com