En el post anterior les compartí un poco sobre mi experiencia en el extranjero y todos los aprendizajes que esto trajo consigo. Ahora que nos encontramos en la semana de aceptación de tu cuerpo, quisiera compartirles otra experiencia agridulce que sucedió durante este tiempo.
Llegué a Francia cuando tenía 20 años, recuerdo que estaba llena de miedos y dudas, pero también estaba emocionada por empezar esta nueva aventura.
A pesar de los miedos, me sentía segura de mi misma y tenía toda la actitud para que los siguientes dos años fueran increíbles e inolvidables. Estaba dispuesta a ser abierta, a hacer muchos amigos de otros países, compartir de mi cultura con los demás, comer cosas diferentes, visitar nuevos lugares y hacer cosas que no había hecho antes.
Muchas de estas cosas las hice, muchas otras no… ¿Por qué?, porque me salieron granos. Sí, así fue. Después de haber superado toda la preparatoria y la mitad de la universidad con una cara “limpia”, impecable y envidiable, a solo unos meses de haber llegado a aquel país extraño, la cara se me lleno de barros. ¿Por qué?, no lo sé; se me ocurrían muchas cosas: la comida, el estrés, genética, el clima… Lo más probable es que la genética haya jugado sucio conmigo, ya que, al parecer mi papá en algún momento de su adolescencia, pasó por lo mismo.
Me sentía diferente, me miraba en el espejo y no era la misma, era muy difícil ver mi cara “arruinada” por muchas bolas hinchadas en las mejillas y en la frente. HORRIBLE, me sentía la persona más fea del universo, ¿Por qué a mí? Me preguntaba, ¿Por qué AHORA maldita sea?, ¿Por qué cuando apenas llego a otro país a vivir la “aventura de mi vida”? Pues no lo sé, y tal vez nunca lo sepa, lo cierto es que aquellos cambios en mi cara, tuvieron un impacto fuertísimo en mi autoestima.
La actitud positiva y la seguridad con las que había llegado en un principio, se habían derrumbado y estaban aplastadas en el suelo. No quería salir a fiestas, me intimidaba ver a la gente a los ojos, y no sabía si esconderme detrás de capas y capas de maquillaje, o cubrirme con una bolsa la cara.
Poco a poco tuve que empezar a aceptarme, me miraba en el espejo y a pesar de las marcas y cicatrices, otra vez era yo.
Me empezaba a sentir bien conmigo misma, la seguridad regresaba y empecé a hacer las cosas que me había propuesto.
La verdad nunca me ha gustado usar mucho maquillaje, antes de los barros no usaba ningún tipo de base, pero compré una muy ligera que me ayudaba a disimular las “imperfecciones”. Al final de mis dos años de intercambio, la pasé bien, aproveché el tiempo y lo disfruté, pero llegó el momento de volver.
Estaba muy contenta de regresar a mi país y ver a todas las personas que no había visto en dos años, pero las cosas no fueron como imaginaba. Cada vez que encontraba a alguien que no había visto en ese tiempo, se alegraba mucho de verme, me abrazaba y me saludaba, pero nunca falta la pregunta –“Pero ¿qué te pasó en la cara?”-, ¿qué?, ¿de qué me hablas?
Había aceptado mis “imperfecciones” a tal grado que las había olvidado por completo, y cada vez que alguien me preguntaba que me había pasado, tardaba en entender a que se referían. Había pasado tanto tiempo esforzándome en la escuela, haciendo mi tesis, viajando, tratando de aceptarme tal y como era, con mi cuerpo y mis granitos, para que ahora la gente se fijara más en mi cara que en mis logros.
Fue un proceso largo y doloroso, desde recibir consejos no solicitados sobre: “ponte esta cremita, y limón, y lávate la cara con x producto”, hasta escuchar personas lamentándose de mi desgracia: “Ay pobrecita, tan lindo cutis que tenías.” ¿cómo era posible que yo me sentía la misma de siempre, más fuerte, exitosa, segura de misma, pero la gente no podía ver más allá de mi cara? Pensé en comprarme mil productos e incluso en someterme a un proceso de peeling, donde te quitan capas de piel. No estoy en contra de ningún método o tratamiento, y quien los tome, tiene mi respeto. Lo que yo no podía entender es ¿POR QUÉ SI YO ESTABA TAN FELIZ CON MI CARA Y CUERPO, LOS DEMÁS NO PODÍAN ACEPTARME ASÍ? ¿Por qué querían cambiarme?
La realidad es que el acné es una cosa espantosa que a nadie le gusta experimentar, pero existe y nos pasa a muchos. No es algo del otro mundo, simplemente es algo que no queremos ver o que nos han enseñado que no está bien. Pero, ¿por qué no lo estaría si es algo tan común?
Te invito a que te asomes por un momento al mundo real, dejes a un lado los estereotipos y te des cuenta de la gran variedad de personas REALES, con cuerpos y caras diferentes que están allá afuera. No podemos ser todos iguales, cada uno es único, por lo que no podemos exigir a otros que cumplan con ciertas reglas y características que impone la sociedad. Es momento de desafiarla y desafiar los estándares de belleza que por tanto tiempo nos han atormentado, por que las marcas de acné también son bonitas, las caderas anchas también, las cejas pobladas y los labios finos son perfectos.
Por que cuando eres tú, eres perfecta. Disfruta tu cuerpo, cuídalo y respétalo, es el único que tienes.
CARPE DIEM
Vale Milenial