Nací sin cabello y bodoque, después tenía el cabello súper lacio y después súper chino, tengo más busto que cadera, no tengo voz aguda y sólo a veces prefiero los tacones.

Me impusieron el color rosa desde que llegué a este mundo  y ahora está en mi top 5 de colores favoritos pero sólo en mi cabello. Soy de las que compra jeans rotos porque me hace feliz pensar que hasta ese par de pantalones es un poco libre al romperse todos los días que me lo pongo, y quizá así las faldas se sientan un poco celosas de que alguien, una mujer, no las prefiere.

Y así, usando esos vestidos que picaban, recuerdo el concepto que sembraban mis padres y mis maestros sobre la idea de ser mujer. Y digo la idea porque me ha tocado a lo largo de estos 27 casi 28 años seguir entendiendo muchas cosas que suceden alrededor de nuestro género. Sobre todo cuando uno cree haber roto algunos patrones (y no sólo pantalones) que lejos de enseñarnos a ser justos nos violentan.

Escuchaba frases como “para las mujeres es diferente”  o “sí pero imagínate tú que eres mujer”; donde lejos de asustarme me inquietaba tanta diferencia. Me consideraba del grupo de mujeres que no quería ser feminista porque simplemente no entendía bien ese concepto. Hoy es otra historia.

Como mujer me siento obligada a proteger y empoderar a otras mujeres, y qué curioso que muchas nos sintamos así: obligadas. ¿Por qué? Porque en algún momento de nuestras vidas nadie ha sentido esa obligación por nosotras.

Crecí decidiendo que quería desafiar los estigmas que se tienen sobre nuestro género. Y me topé con pared.

Justo cuando a uno le parece que la idea del machismo existe sólo como una idea social, te das cuenta que únicamente está disfrazado. Ahora en lugar de inquietarme tanta diferencia me inquietaba tanta indiferencia.

Me acuerdo bien cuando viajé en un autobús para visitar a mis papás y un hombre sentado a mi lado me agarró muy dentro de las piernas, sin importar que estuvieran cruzadas.

Aquel día que iba para la universidad y estaba esperando el transporte público me dieron una nalgada y se fueron riendo. Me sentí impotente, solo pude mirarlo con tristeza porque aunque lo agarrara a golpes, nada pasaría, porque en la mente de muchos es mi culpa usar pantalones muy ajustados y provocar a las demás personas tocarme sin permiso; yo estaba en el error y al parecer muchas personas vivimos en ese error.

Sin embargo, creo que nada supera aquel día que me despidieron de mi trabajo por dos cosas: amenazar al director con evidenciarlo y porque nunca se las quise “dar”.

Yo sé que muchas personas, mujeres sobre todo, trabajamos en un entorno donde somos acosadas en el trabajo de manera cautelosa pero constante.

Y lo sé no sólo por verlo sino por vivirlo. Me acuerdo como enfrente de todo el equipo de trabajo esta persona de rango jerárquico más alto que yo, hacia insinuaciones en forma de broma, porque sabrosearme con la mirada y decirme cosas como “entonces cuando nos vamos a dar nuestro agarrón” es de cariño, no es en serio, es el resultado del típico “así nos llevamos”. Muchas veces no nos queda más que forzar la sonrisa y reírle al chiste, porque si lo tomamos como ofensa, somos unas alzadas, somos el resultado de la “pinche vieja mamona”, la que se cree la última Coca del desierto.

Ese día llegué a mi casa enferma, sin trabajo y sin palabras. Medité durante la noche y pensé ¿será que sólo eso nos queda? ¿Callarnos? ¿Nadar entre este mar de palabras y pensamientos que en lugar de ser erradicados sólo los vamos sorteando ¿Navegar con el problema es de alguna forma resolverlo? Hoy de nuevo, es otra historia.

Pensé en mis opciones, yo podía haber renunciado a este trabajo desde que todo inició pero ¿qué pasa con las personas que no tienen esa opción o peor aún, que no tienen ninguna?

El problema de la violencia de género es precisamente seguir permitiendo que suceda. Como es el problema de cualquier otro problema: ignorar, silenciar y abandonar.

La violencia de género no es un concepto particular para hacer referencia hacia el maltrato a la mujer; pero sólo puedo expresarme desde lo que he vivido siendo lo que soy.

Quizá por eso hoy, quiero hacer el intento de escribir con humildad por la mayoría de esas mujeres que les faltan las palabras y por esos hombres que no se atreven a mencionar su realidad. Este escrito es también para invitar a la reflexión a aquellos que ingenuamente creen que este texto, es incluso, una exageración.

Me he aguantado las nalgadas, me he aguantado las ganas de llorar cuando un hombre me hace comentarios vulgares, me he aguantado las miradas que desnudan, las que incomodan y las que trauman, me he callado la verdad… pero sabiendo que tenemos un problema de violencia en el mundo, callar no es ya una opción; si lo hacemos, seguiremos alimentando la misma impotencia que hemos vivido nosotros y la pasaremos a las generaciones que están por venir.

Hoy puedo dormir más tranquila, me despierto cada mañana con un té verde siendo feliz, me he reconciliado con mi autoestima y mis emociones, he sanado hasta mis silencios. En este momento, estas palabras también curan.

Si eres mujer, te prometo que no naciste siendo víctima ni naciste siendo mujer para dejarle este problema a los hombres.

Si eres hombre, reflexiona no sólo porque vienes del vientre de una mujer sino por tratar de ser justo con quien te rodea. Por tratar de cultivar un ambiente donde usar pantalones ajustados, faldas que pican, escotes pronunciados o tintes rosas en el pelo sean para bien, para vivir en un lugar seguro.

Finalmente puedo decir que soy una mujer de muchos pantalones…  ¿Rotos? Sí pero también sé que vengo de una familia que tiene muchas faldas… y tenerlas es perfecto.

Amelia

Letras Turquesas