Escuché que llamaban a la puerta, mis ojos se abrieron en un susto como si el tiempo no hubiera tenido la delicadeza de avisarme con anticipación su llegada. Mi corazón se aceleró, corrí a mi habitación y me puse un poco del perfume que sé que le gusta. Mis piernas no dudaron un segundo en correr y bajé las escaleras tan rápido como pude.

Me acerqué a la puerta, sabía de quien se trataba, suspiré y abrí. Se acercó tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos ya sentía sus manos apretando mi cintura. Me abrazó tan fuerte que casi me quedo sin aliento, lo abracé también mientras intentaba grabar su aroma para no olvidarlo nunca. Me dijo que me había extrañado tanto, parecía que tenía tantas cosas que contar, me tomó de la mano y nos sentamos en el sillón.

Me contaba de esa nueva ciudad, de cómo el tiempo pasaba más de rápido allá. Recuerdo que mencionó que la gente era más fría que en su pueblo natal. No podía concentrarme en lo que decía, me aferraba inútilmente a sus palabras y no me pude resistir, caí en el encanto de sus ojos; y yo aún con los ojos bien abiertos, haciéndole creer que prestaba atención a todo lo que decía, empecé a soñar.

Mientras me contaba sobre su nuevo trabajo, me acerqué un poco más hasta que mi mano rozó con la suya. Latía tan rápido mi corazón que esas pulsaciones llegaron hasta la punta de mis dedos. No dijo nada, pero estoy segura de que notó mi movimiento, sabía que planeaba algo y en silencio, tomó mi mano. Lentamente se acercó y a pesar de mis intentos por evadir su mirada, no pude escapar.  Sentí su respiración cerca de mi oreja, se movió lentamente por mis mejillas, hasta que sus labios suavemente se adueñaron de los míos. Sus manos recorrieron mis manos, mis brazos, mis hombros y finalmente se detuvieron en mis mejillas. Me besaba como si la tierra ardiera y fuéramos los dos únicos habitantes. Se apropió de mí, me devoraba en cada caricia y en cada beso. Y así pasaron las horas.

Era una conexión que se fortalecía durante la noche y terminaba cuando el sol salía y nosotros dábamos el último aliento.

La mañana siguiente, me dijo que no quería separarse nunca más de mí, que prepara mis maletas y estuviera lista para huir. Apretó fuerte mis manos y me pidió ser su mejor amiga.

Me emocionaba su forma de vivir la vida como si no hubiera riesgos, no tomaba en cuenta las consecuencias, era como si no tuviera límites. Sabía que no tenía preparado un plan, pero asumí que a su lado no lo necesitaríamos. Me hacía sentir segura aun cuando lo nuestro pudiera terminar al día siguiente.

Estaba a punto de decir que si, cuando un rayo fuerte hizo que mi corazón se detuviera unos instantes. Era su voz pronunciando mi nombre. Fue en ese momento que, a pesar de tener los ojos bien abiertos, desperté. Después de todas sus historias de viajes, proyectos y sueños; mi corazón se cerraba y mi mente se concentraba para oírlo una vez más hablarme de ella…

 

Clau Liz