“Días de madre” era cómo pensaba titular mi primer blog y estaba ansiosa de llenarlo con historias que relataran la experiencia de ser mamá. Pero con cada ciclo lunar, en lugar de correr a la farmacia a comprar un predictor, iba sin remedio por la caja de tampones. 

Tenía 35 años y la “edad biológica” ya me jugaba la primera pasada. Me sentía triste e incompleta, mi sueño no se materializaba y yo creía que tal vez no estaba hecha para concebir.

El ginecólogo me mandaba algunos tratamientos de estimulación ovárica, de esos en los que te inyectas y tienes que hacer el amor con horario. Mi marido estaba molesto con la presión y yo intentaba aplicarme, pero era difícil forzar la intimidad. Así pasamos un año hasta que una amiga me obligó a saltarme las inseminaciones y demás tratamientos para pedir cita con unos especialistas en fertilidad de Nueva York que tienen también un consultorio en la Ciudad de México. Nerviosa, le platiqué a mi esposo de esta opción y aceptó intentarlo.

El diagnóstico fue endometriosis, pero no hacía falta operar porque el método In Vitro va directito a la cosecha de óvulos sin detenerse en otras zonas. No quise indagar demasiado y tras firmar algunos papeles, pagar el tratamiento y comprar un sinfín de medicamentos e inyecciones, nos instalamos en la “Gran Manzana”.

Era un enero helado y la ciudad cubierta de nieve, se veía bellísima. Durante diez días acudí al monitoreo, una sala gigantesca donde la mayoría de mujeres estaban solas; leían o escuchaban música ensimismadas. Las enfermeras te gritaban por tu nombre y sólo la inicial del apellido. Todo iba bien.

Acudimos a la cita de aspiración en un piso diferente, había otras dos parejas, mucho silencio y un intercambio de sonrisas nerviosas. Desperté del procedimiento, nos dijeron que fueron siete óvulos y luego sólo un “váyase a descansar”. Doce horas más tarde, nos informaron que cinco habían sido fecundados y luego vino la espera más larga de mi vida. No podía alejarme de la zona, mis bebés estaban creciendo en un laboratorio y me jalaba la fuerza de estar cerca. Pasaron 36 horas y finalmente la llamada que traía buenas noticias: la hora y el día para que me hicieran la transferencia embrionaria. ¡Ya era mamá! Sólo tres de los huevos estaban en óptimas condiciones y fueron los que me implantaron. Un día de reposo y ¡listo!

Así volví a México, con una sonrisa de oreja a oreja y las manos puestas entre el vientre y corazón.

Algunos tips si estás en esta situación:

  • No te desesperes, confía en el proceso y visualiza la posibilidad de tener a tu bebé en los brazos.
  • Bebe agua, mucha agua porque la estimulación hormonal es abundante y mantenerse hidratada es fundamental.
  • Hay que saber decir hasta aquí llegué, eso es soltar.
  • Escucha al corazón más que a la razón

Gabriela Pezet

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