11 de septiembre de 2001. Una mañana espectacular,  el clima perfecto, cielo azul. Me dirigía a mi “trabajo” en el corazón de Manhattan, una agencia de publicidad para Mercado Hispano, tenía ya dos años viviendo allá y me sentía como en casa.

Al salir del metro la gente gritaba “Se está quemando el WTC”,  yo seguí caminando segura de que algún otro loco había hecho alguna “odisea” porque semanas antes un francés quedó colgado con su paracaídas de la Estatua de la Libertad conmocionando a toda la costa Este.

Al llegar a una esquina a escasas cuadras  de la zona, observé la primera torre escupiendo aquel humo negrísimo, sentí terror y me di la vuelta para retirarme del lugar, en ese justo momento se impactó el segundo avión.

Desesperada entré a la oficina donde todos ya miraban aquella macabra escena, estábamos en el piso 30, se veía como si fuera en televisión. Literalmente no podías parpadear. Lo único que pensé fue:“Tengo que llamar a México”. Logré contactar al que en ese momento era mi pareja para gritarle: “Diles que estoy bien” a partir de ese momento fueron más de 12 horas sin poder comunicarnos.

Parada como un maniquí en aquella inmensa ventana, rodeada de hermanos Hispanos,  vi como caían las Torres Gemelas; la gente que estaba conmigo gritaba, nos abrazábamos, nos tiramos al suelo, nos jalábamos la ropa, nos tomábamos de las manos, en un “Spanglish” perfecto pedíamos porque esto se detuviera. Luego un silencio…gritos lejanos en algún radio… ¿qué hacemos?  “Van a seguir con el resto de Manhattan…se debe evacuar al norte”  salimos como zombies, aterrados, conmocionados…yo solo pensaba…”No quiero morir aquí”.

De la mano de mi mejor amiga, Gaby, caminamos en medio de aquellos camiones llenos de bomberos, de coches negros con sirenas llenos de agentes, vimos a la gente cubierta en polvo y sangre. Llegamos a un lugar seguro y esperamos. Llegamos a casa 14 horas después.

Durante días nos hablábamos para preguntarnos ¿sigues con las pesadillas? Sí, me sigo soñando quemada.

No hay fronteras, lugares o nacionalidades para las emociones, éstas llegan a tu corazón,  las sientes y duelen muy profundo; en ese momento es también tu lugar y eres parte de esa historia, de un luto colectivo. Me fundí con ese sufrimiento, era parte de un “todo” inmenso que lloraba.

 

 

Nunca olvidaré lo que fue vivir en NY aquel  11 de septiembre.

Liliana Lopez Arnauda

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