No me gusta equivocarme, exponerme a decir o a hacer algo incorrectamente, es una de las cosas que he evitado durante muchos años. No sólo por el famoso “qué dirán”, sino porque no me gusta sentirme señalado por haber hecho algo que no estuvo bien visto por  otros.

En reuniones de trabajo, era muy difícil hacer una simple pregunta, precisamente para no exponerme a esta situación.

Debo confesarlo, ser papá me ha ayudado increíblemente a ver estas escenas desde otra perspectiva, desde la inocencia, desde la capacidad interior de querer abarcar más, de querer ir más lejos, de no quedarme con lo que sé hoy, sino con lo nuevo que puedo aprender de una situación muy especial o quizás de una situación de rutina.

En mi caso, equivocarme no era algo bien visto, estaba muy sobre juzgado y prefería evitar una escena que pudiese llevarme a equivocarme, pero también, evitaba la posibilidad de crecer, de aumentar mi consciencia, de exponerme a una experiencia nueva, de permitirle a otros opinar, de cerrarles las puertas de crecimiento a quienes están a nuestro alrededor.

 

Hoy en día mi discurso es diferente. Equivocarnos nos da alas. Es el camino más eficiente para llegar a la excelencia, para llenarnos de experiencia, para llegar a ser esa persona que admiramos y que al final, somos nosotros mismos al final del camino.

 

Claro, en otras ocasiones, quizás existan circunstancias en las que equivocarse pueda generar consecuencias irreparables, incluso esas, son una inimaginable experiencia, que incluye la más grande fuente de consciencia, con la que lograremos sobrellevar la situación y crecer internamente.

No temas a equivocarte, realmente deberías temer a no intentarlo. Se siente peor reflexionar sobre algo que no hiciste, que arrepentirte por un error.

Johann Romero

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