Los consejos más sabios que he recibido siempre son los más sencillos. Tendemos a creer que ser sabio implica un montón de conocimiento y de introspección. La verdadera sabiduría para mi se encuentra precisamente en no complicar las cosas.

En este ritmo frenético en el que vivimos es fácil complicarlo todo,  estamos muy propensas a responder de manera inmediata a todo. Queremos tener la respuesta, la solución, entregar el resultado, conseguir, ganar, terminar, todo ya rápido en este instante.
Este modo reactivo de relacionarnos soluciona los temas de inmediatez, pero no necesariamente es el modo más sabio que existe.
En tiempos donde todo “tiene que” solucionarse ahorita, ya y a fuerza creo que es útil hablar sobre la sabiduría de la pausa. 
Difícilmente actuaremos con sabiduría si reaccionamos al impulso inicial, nuestra sabiduría está ahí siempre pero no estamos tan elevadas como para actuar desde ella en todo momento.
Es ahí dónde la pausa es útil. Hacemos una pausa antes de amarle un pancho a nuestra pareja, antes de pegarle un grito a nuestro hijo, antes de criticar a alguien, antes de juzgar a otro, antes de comer algo que no nos hace bien, antes de seguir en un trabajo que no te llena, en una relación que perdió su chispa. Pausa.
Una pausa breve te ayuda a conectar con tu respuesta más elevada, que no es siempre la respuesta más fácil pero si la más sabia.
¿Cuánto tiempo pausamos? El que sea necesario, a veces es cuestión de inhalar y exhalar, otras es tomarte un tiempo para meditar, y algunas más son días o incluso años, como por ejemplo un año sabático para encontrarte de nuevo. Pausamos lo suficiente para reconocernos y para reconocer al otro como igual de válido que yo.
Durante la pausa sueltas el impulso primario al mismo tiempo que sostienes el impulso del alma. El impulso primario agrede o huye, el impulso del alma acompaña, abraza, contiene.
Tu versión más sabia te habita, pero no se manifiesta si no le das el espacio para que lo haga. No vivas por impulso. Vive con propósito. Pausa.
Atrévete